EL JARDIN DEL PERDON

Deciembre 05, 2009 Literatura SPACE BY apeiron

BEATRIZ DONATO

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EL MAYOR SOMETIDO

Deciembre 05, 2009 Literatura SPACE BY apeiron

BEATRIZ DONATO    Sep.29, 2009

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ACERCATE

Deciembre 05, 2009 Literatura SPACE BY apeiron

BEATRIZ DONATO          Sep.29, 2009

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Eliizabet Teodorini

Deciembre 05, 2009 Literatura SPACE BY apeiron

www.elizabetteodorini.blogspot.com

 

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SÍNTESIS HISTÓRICA DE NUESTRA

Deciembre 05, 2009 Literatura SPACE BY apeiron


luciano Sep.26, 2009,

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Programa de la Feria del Libro La Matanza 2009

Deciembre 05, 2009 Literatura SPACE BY apeiron


luciano Sep.12, 2009l

 

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Horóscopo Septiembre 2009

Deciembre 05, 2009 Literatura SPACE BY apeiron

luciano Ago.30, 2009,

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Poesía

Deciembre 05, 2009 Literatura SPACE BY apeiron

luciano Ago.22, 2009,

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Jupiter, lo más cerca en 10 años.

Deciembre 05, 2009 Literatura SPACE BY apeiron

 

Ago.14, 2009

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Kabbalah

Deciembre 05, 2009 Literatura SPACE BY apeiron

Yehudá      Ago.11, 2009

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Primera hispana en la Suprema Corte de Estados Unidos

Deciembre 05, 2009 Literatura SPACE BY apeiron

Sonia Sotomayor Ago.08, 2009

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Kabbalah

Deciembre 05, 2009 Literatura SPACE BY apeiron

Yehudá                  Ago.04, 2009

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Pentálogo para alcanzar el éxito

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Kabbalah

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Telomian Condié (cacique querandí)

Noviembre 29, 1999 Literatura SPACE BY luciano

Según cuentan, Telomián Condie, cacique querandí, participó en la batalla donde perdió la vida el segundo fundador de Buenos Aires, Juan de Garay. Ese es uno de los primeros embates del indio contra el conquistador, en las tierras del Plata. El partido de La Matanza, en la Pcia de Bs As, tendría ese nombre por el lugar de la batalla donde murió Garay.

TELOMIAN (vidala)

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Bagual (leyenda querandí)

Noviembre 29, 1999 Literatura SPACE BY luciano

Allá por 1600, cerca de Buenos Aires, un indio
querandí muy bravucón se fijó atónito, inmóvil, como de
hielo, en la potranca que miraba nacer. El endeble
cachorro criollo le asentó el juicio para siempre. Era
vástago de una purasangre inglesa y del caballo andaluz
de un adelantado cordobés. Al indio lo conocieron con el
nombre de Bagual, el Indómito, aunque ya toda la vida
anduvo hechizado por Auca, la yegua. La husmeaba
2
agazapado en el único accidente bajo la luna, en el
pliegue limpio y agudo de un horizonte sin fin que
acoplaba cielo y tierra. Con dulces guiños y los dedos
como midiendo a palmos el aire, graduaba, en la
distancia, cada estirón de Auca, que maduró salvaje,
briosa, con gran alzada y buen aplomo.
Según el pueblo querandí, Auca habría mudado ya los
dientes la tarde que sorprendieron a Bagual gimiendo por
su yegua. Un vuelo de pájaro mediaba entre ellos, pero
ese espacio se le hacía tan insufrible, que una mañana
lluviosa le echó por fin el lazo a su cabeza moruna y
saltó a sus remos almendrados. Auca relinchó y piafó y
arqueó el lomo con violencia para arrojarlo de su capa
dorada y negra; pero, a la vez que el tiempo amainaba,
se sometía ella al domador y acabó durmiendo en su
potrero y aprendiendo su lengua y templando con él el
paso de los días.
Varias lunas después, cierta noche de invierno, Bagual
le habló a su tribu.
─Estoy harto de conquistadores. Antes podíamos
perseguir al ciervo hasta que se fuera el sol sin salir de
nuestro terreno; ahora os conformáis con sus fronteras.
Nos reducen el aire y nos dan trabajo. Sudamos y
3
doblamos la cabeza para ellos. Estos intrépidos dicen que
nos han descubierto y que vienen de un lugar remoto,
¡de Zaranda, nada más y nada menos! ─les gritó en
puelche─, pero yo también he descubierto algo gracias a
ellos. Os lo aseguro: nos queda mucha tierra por pisar; el
fin del mundo está muy lejos. Por eso pido, propongo,
exijo, que no nos quedemos quietos en un redil, como
hacen sus rebaños; que nos hagamos vagabundos antes
que esclavos; que marquemos el polvo con nuestras
huellas.
Auca aprobó la arenga del indio audaz agitando sus
largas crines y su cuello en arco.
Los querandíes salieron al alba, con yeguas muy bien
guarnecidas y sonoros zapatazos; y Auca, feliz de
regresar al merodeo, dejó huellas muy hondas a su paso.
Un sol tras otro sol, Auca condujo a la tribu desde el
Río de la Plata hasta el estrecho de Magallanes; divisó al
sur la Tierra de Fuego y volvió por los Andes. Trepó las
sierras de Tandil y la Ventana; el cerro de los Tres Picos
y el de las Misiones. Bebió del Paraná, del Colorado y
del Pilcomayo, y se bañó en el Atlántico. Saltó
ensenadas, llanuras y fiordos, entre monos, jaguares y
pingüinos, trotando tan acorde con los sueños errantes
4
del jinete que, muchos lustros más tarde, cuando
descubrieron una estancia para su vejez y Bagual tiró del
freno, ella alzó las cuartillas con grandes saltos y
respingos y trenzas.
Dicen que Auca y Bagual son nómadas aún; que hoy,
todavía ─greñuda, rebelona, resabiada, soberbia─, la
yegua desobedece al amo y levanta los cuartos delanteros
y los posa con ímpetu, y baila y befa y escarba y bracea.
Dicen que va arbolándose con su capa dorada por las
desnudas praderas; que es un coloso radiante al que
jamás abatirá león, y que no hay en las chacras
onduladas de la Pampa trabón que sujete su brida ni
establo donde se pudran su bocado, sus penachos o su
mantilla.
Allá por 1600, cerca de Buenos Aires, un indio
querandí muy bravucón se fijó atónito, inmóvil, como de
hielo, en la potranca que miraba nacer. El endeble
cachorro criollo le asentó el juicio para siempre. Era
vástago de una purasangre inglesa y del caballo andaluz
de un adelantado cordobés. Al indio lo conocieron con el
nombre de Bagual, el Indómito, aunque ya toda la vida
anduvo hechizado por Auca, la yegua. La husmeaba
agazapado en el único accidente bajo la luna, en el
pliegue limpio y agudo de un horizonte sin fin que
acoplaba cielo y tierra. Con dulces guiños y los dedos
como midiendo a palmos el aire, graduaba, en la
distancia, cada estirón de Auca, que maduró salvaje,
briosa, con gran alzada y buen aplomo.
Según el pueblo querandí, Auca habría mudado ya los
dientes la tarde que sorprendieron a Bagual gimiendo por
su yegua. Un vuelo de pájaro mediaba entre ellos, pero
ese espacio se le hacía tan insufrible, que una mañana
lluviosa le echó por fin el lazo a su cabeza moruna y
saltó a sus remos almendrados. Auca relinchó y piafó y
arqueó el lomo con violencia para arrojarlo de su capa
dorada y negra; pero, a la vez que el tiempo amainaba,
se sometía ella al domador y acabó durmiendo en su
potrero y aprendiendo su lengua y templando con él el
paso de los días.
Varias lunas después, cierta noche de invierno, Bagual
le habló a su tribu.
─Estoy harto de conquistadores. Antes podíamos
perseguir al ciervo hasta que se fuera el sol sin salir de
nuestro terreno; ahora os conformáis con sus fronteras.
Nos reducen el aire y nos dan trabajo. Sudamos y
doblamos la cabeza para ellos. Estos intrépidos dicen que
nos han descubierto y que vienen de un lugar remoto,
¡de Zaranda, nada más y nada menos! ─les gritó en
puelche─, pero yo también he descubierto algo gracias a
ellos. Os lo aseguro: nos queda mucha tierra por pisar; el
fin del mundo está muy lejos. Por eso pido, propongo,
exijo, que no nos quedemos quietos en un redil, como
hacen sus rebaños; que nos hagamos vagabundos antes
que esclavos; que marquemos el polvo con nuestras
huellas.
Auca aprobó la arenga del indio audaz agitando sus
largas crines y su cuello en arco.
Los querandíes salieron al alba, con yeguas muy bien
guarnecidas y sonoros zapatazos; y Auca, feliz de
regresar al merodeo, dejó huellas muy hondas a su paso.
Un sol tras otro sol, Auca condujo a la tribu desde el
Río de la Plata hasta el estrecho de Magallanes; divisó al
sur la Tierra de Fuego y volvió por los Andes. Trepó las
sierras de Tandil y la Ventana; el cerro de los Tres Picos
y el de las Misiones. Bebió del Paraná, del Colorado y
del Pilcomayo, y se bañó en el Atlántico. Saltó
ensenadas, llanuras y fiordos, entre monos, jaguares y
pingüinos, trotando tan acorde con los sueños errantes
del jinete que, muchos lustros más tarde, cuando
descubrieron una estancia para su vejez y Bagual tiró del
freno, ella alzó las cuartillas con grandes saltos y
respingos y trenzas.
Dicen que Auca y Bagual son nómadas aún; que hoy,
todavía ─greñuda, rebelona, resabiada, soberbia─, la
yegua desobedece al amo y levanta los cuartos delanteros
y los posa con ímpetu, y baila y befa y escarba y bracea.
Dicen que va arbolándose con su capa dorada por las
desnudas praderas; que es un coloso radiante al que
jamás abatirá león, y que no hay en las chacras
onduladas de la Pampa trabón que sujete su brida ni
establo donde se pudran su bocado, sus penachos o su
mantilla.
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